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Traslado de dependencias implica costos de oportunidad: Rebeca Padilla de la Torre

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Traslado de dependencias implica costos de oportunidad: Rebeca Padilla de la Torre

La experiencia de la descentralización del Inegi demuestra que sacar la sede de una dependencia federal no implica sólo una decisión institucional, dice la académica de la UAA.

La experiencia de la descentralización del Inegi demuestra que sacar la sede de una dependencia federal no implica sólo una decisión institucional, dice la académica de la UAA.

El traslado de las oficinas centrales de secretarías de Estado al interior de la República no es sólo un asunto institucional y económico; por tratarse de familias que se mudarán es necesario crear las condiciones para su asimilación social en las ciudades que tengan como destino, planteó la investigadora de la Universidad Autónoma de Aguascalientes, Rebeca Padilla de la Torre.

La académica del Departamento de Comunicación de esa casa de estudios, quien analizó el caso de la migración de trabajadores del Inegi de la Ciudad de México a Aguascalientes en la década de los 80 del siglo pasado, consideró que la iniciativa de descentralizar dependencias del gobierno federal es positiva; sin embargo tendrá costos.

Explicó que en el caso del Inegi no fue fácil, pero al final fue positivo, tanto para las personas que emigraron, como para la ciudad que los recibió e incorporó.

Padilla de la Torre se doctoró en estudios científicos-sociales en el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente (ITESO) con la tesis “Perfiles socioculturales de ciudadanía. Identidades urbanas y geográficas mediáticas. Estudio en cinco escenarios en la ciudad de Aguascalientes”.

Ahí hace un análisis de lo que implicó para los trabajadores de esa dependencia de gobierno federal y para la ciudad de Aguascalientes esa medida implementada por el gobierno del presidente Miguel de la Madrid Hurtado en atención a una iniciativa del entonces secretario de Programación y Presupuesto, Carlos Salinas de Gortari.

La medida fue apoyada por el gobierno del estado, encabezado por Rodolfo Landeros, que brindó las facilidades para que ese proceso ocurriera; sin embargo cuando asumió el cargo el siguiente gobernador (en 1986), Miguel Ángel Barberena, quien no era partidario de la candidatura de Salinas de Gortari a la Presidencia para el proceso electoral de 1988, pues era gente del entonces secretario de Gobernación Manuel Bartlett, no apoyó de la misma manera que su antecesor el proceso de mudanza.

Fue un proceso con tensiones

El 21 de octubre de 1985 el presidente Miguel de la Madrid Hurtado tomó la decisión de reubicar las oficinas centrales del Inegi a la ciudad de Aguascalientes y la implementación de esa medida ocurrió entre 1985 y 1992, tiempo en el que migraron alrededor de 3,000 trabajadores.

De acuerdo con el documento “Descentralización del INEGI, Memoria de Un Proceso”, editado por el mismo organismo, para finales de 1989 se habían mudado cerca de 2,900 trabajadores que sumados a sus familias eran casi 15,000 personas reubicadas.

Antes de desarrollarse los planes maestros, tanto de las nuevas instalaciones como de las unidades habitacionales, para ubicar a empleados y sus familias fueron analizadas y descartadas como ciudades destino Guadalajara, Monterrey, San Luis Potosí, Morelia, Oaxaca y Zacatecas.

Aunque es difícil hacer un cálculo del costo de esa migración porque se hicieron varias donaciones de terrenos, algunas estimaciones dicen que el costo se calcula en alrededor de 21,000 millones de pesos (de 1990) que equivalen a unos 1,800 de los de ahora.

El arribo de los defeños a Aguascalientes no fue fácil; fueron recibidos con una campaña de rechazo cuyo lema era “haz patria, mata a un chilango”, mediante mantas colocadas es sitios públicos, volantes repartidos en plazas públicas y calcomanías pegadas en los vidrios de los automóviles.

En la prensa se veían actitudes como hacer ver que todos los “males” de la ciudad eran provocados por los “chilangos”.

Llegó a tal punto de tensión que el obispo Rafael Muñoz Nuñez tuvo que hacer exhortos a la tolerancia con el argumento de que al final todos eran mexicanos.

La investigadora destaca en su tesis doctoral que las tensiones más fuertes se dieron al interior del propio Inegi, donde los defeños veían a los aguascalentenses como gente que se aprovechaba de la experiencia de los chilangos para aprender sobre el trabajo en esa institución.

Los motivos de las tensiones eran desde cuestiones cotidianas como la forma de percibir el tiempo. Por ejemplo, los defeños siempre andaban a prisa y les desesperaba la “calma” y “lentitud” de los locales, mientras que los aguascalentenses veían a los defeños como agresivos e imprudentes por andar siempre a prisa.

Los locales enarbolaban el lema que está en su escudo de armas: “buena gente”.

Lo cierto es que tenían actitudes de culturas basta diferentes: Los chilangos reclamaban sus derechos y al mismo tiempo asumían responsabilidades. “El defeño tiene una alta capacidad de organización, tanto vecinal como laboral, además de una fuerte conciencia ciudadana”, refiere la académica en el citado documento.

También destaca que en Aguascalientes prevalecían modelos tradicionales de familia que se reflejaban en las relaciones de pareja y el papel de la mujer. Además, eran muy religiosos.

La académica concluye que al final la integración se dio favorablemente y los defeños emigrados expresan su alta estimación y apego por la ciudad y en ocasiones la valoran más que los nativos.

En tanto, los aguascalentenses admiten que defeños de alto nivel de escolaridad que llegaron aportaron a la cultura de la ciudad.

El arribo de defeños aportó en el desarrollo de la economía local al promover el comercio. Con su llegada aparecieron los primeros centros comerciales y se incrementó la oferta de servicios; se abrieron nuevos restaurantes y se promovió un mayor intercambio comercial entre el Distrito Federal y Aguascalientes.

Culturalmente también promovieron varias tradiciones mexicanas que en la ciudad estaban desdibujadas como los altares a los muertos el 1 y 2 de noviembre, las roscas de reyes, el 6 de enero, pero, sobre todo enriquecieron la gastronomía.

diego.badillo@eleconomista.mx

El Economista

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